Un club integrado por cinco excéntricos miembros que se dedican en su
tiempo de ocio, que es bastante, al arte la cocina. Arte que ellos consideran
que eclipsa y se halla por encima de todas las artes.
Por las tardes juegan cartas y todo lo ganado lo colocan en un pozo común para la cena en alguna de las cinco casas, aunque la que predomina es la mansión del conde G, el más joven, más adinerado y presidente del club.
Los cinco comparten la obesidad y enfermedades consecuentes de la misma,
emanan grasa por sus poros. Glotones de enormes panzas.
Además de sus casas y terrazas, ya conocen todos los restaurantes de Tokio y no hallan nuevos lugares para comer. A uno le apetece sopa de caparazón de tortuga y todos salen desesperados a recorrer el país en la búsqueda de la mejor. Así todos los días, y al cabo de un tiempo comienzan a sentirse desahuciados por la falta de nuevas y llamativas comidas. Nada los colma. La gula es dueña de sus actos, sus cuerpos y sus mentes. Proponen premiar a quien cocine un nuevo y sorprendente plato. Tienen que hallar una gastronomía sinfónica, una orquesta culinaria de alimentos. El conde G. comienza a experimentar pesadillas con platos extraños y amanece con eructos por sus tormentos nocturnos. Tras la búsqueda real de esa gastronomía sinfónica el conde G sale a recorrer las calles oscuras de la ciudad, por callejones perdidos con olores a diversas comidas.
Aquí debemos hacer un alto en la historia porque el autor parece haber bebido un cuenco de sopa de caparazón de metáforas y se le sale por los poros en este momento, porque hasta ahora no hay una sola en todo el texto y aquí hay cinco metáforas seguidas como por necesidad imperiosa de eructarlas. Algo extraño que llama mucho la atención porque luego, en lo que sigue hallarán un par más por allí perdidas y nada poéticas como las que eructa en dos paginas seguidas aquí en este tramo la narración.
Comentario al margen, entonces, sigamos con la historia…o mejor sigan
ustedes, porque vamos a redondear con un par de llamativos hechos que nos darán
la idea de lo que sigue.
El conde G, en su búsqueda nocturna por callejones oscuros, oye la música
de un violín chino de dos cuerdas y va hasta la casa de donde no solamente sale
la melodía sino también los aromas más exquisitos que jamás olisqueó. Aquí se
da entonces aquello de la gastronomía musical. Los hechos que siguen son de una
imaginación asombrosa y de una descripción de platos, situaciones y sensaciones
únicas.
Más adelante el autor recurrirá al recurso de dirigirse directamente al
lector, nombrándolo y observándole sobre lo que sucede al conde G en un
fumadero de opio en esa casa del otro posible club de gourmets pero de comida china.
Mas adelante se podrá disfrutar de lo que podemos llamar un elogio del
eructo, en una breve intervención, pero efusiva, de G.
Será el conde G quien desarrolle, a raíz del encuentro de ese lugar de
comida china, nuevos y extraños, extrañísimos platos de comida.
Uno de los platos les hará recordar seguramente una icónica película del
escritor y director británico Peter Greenaway
¿A dónde llevara esa gula incontenible, ese deseo de nuevas excentricidades
gastronómicas, esa necesidad de nuevos sabores en las lenguas exigentes del
club de los gourmets? Quien sabe. La locura o la muerte.
Desde el Bohío
Marcelo Cafiso
Año 2025




